
Sólo le quedaban tres monedas en la bolsa. Una, con la que debía comprarle algo de comida a su madre que hacía unos días que no estaba bien; se hallaba un poco débil y con una persistente tos que no se quería ir... La otra moneda era para pagarle al gigante que cuidaba la pasada sobre el puente del río para poder volver a su casa. Si hubiera sido verano, con gusto se hubiera arrojado a las negras aguas y hubiera nadado el largo trecho que separaba las dos orillas, aún a riesgo de recibir unos cuantos cascotazos del gigante que se enfurecía cuando alguien pretendía engañarlo...
La última moneda era para comprarle un regalo a su amada; pero tenía que ser el mejor regalo que hubiera en el mundo. A ella le daría lo mismo un castillo o una flor silvestre, pero él quería conquistarla con ese regalo, algo que pudiera hablar por él, que pudiera contarle cómo pasaba los días pensando en ella y soñando con tenerla en sus brazos...
Recorrió los mercados buscando, revolviendo, regateando, prometiendo, amenazando, rogando, mintiendo, pero no pudo encontrar una corona, ni un colgante, ni una joya, ni siquiera un anillo por aquella solitaria moneda. Abatido, cansado, desilusionado, se sentó respaldado contra el muro. Se hacía de noche y debía partir pronto, y para colmo el frío se estaba haciendo sentir colándose entre sus ropas hechas jirones por el excesivo uso. Estaba a punto de levantarse cuando escuchó un suave llanto entre las pilas de canastos a su lado. Era una niña pequeña, con unos ojos muy grandes y una expresión muy triste.
- ¿Qué te ha sucedido? - preguntó el joven.
- Un perro malo y feo se ha llevado mi muñeca, ¡le va a hacer mucho daño!
- No te preocupes, la encontraremos - dijo el joven, tomando la mano de la niña que dejó de llorar de inmediato.
Pero lo cierto es que anduvieron un largo rato y no pudieron dar con el animal. Se hacía tarde ya, y además quizá la madre de la niña estuviera preocupada por su ausencia.
- Volvamos, pequeña, mañana buscaremos tu muñeca, verás que la vamos a encontrar.
La niña no dijo nada, pero cuando volvieron a la calle del mercado y se detuvieron junto a la pila de canastos, los grandes ojos negros estaban dejando caer sus lágrimas en silencio otra vez.
- ¿Crees que con estas dos monedas puedas comprarte una muñeca como la que perdiste? - preguntó el joven, abriendo la mano y dejando que ella viera las relucientes monedas.
- No, no puedo aceptarlas - dijo la niña, pero él insistió y le habló con su voz dulce y cariñosa, hasta que logró que las tomara en su mano.
Tuvo que cruzar el río a nado, felizmente a salvo de los ataques del gigante pues por la oscuridad de la noche y la cantidad de vino que había tomado éste, no alcanzó a verlo en las negras aguas, y cuando llegó a su casa embarrado y mojado, pero con la comida para su madre intacta y una sonrisa en el rostro, ésta sólo atinó a besarlo y abrazarlo y a agradecerle por ser tan buen hijo.
Al día siguiente, se robó un trozo de tela olvidado en una soga, y con el jugo de unas moras y unas crines de caballo dibujó unos ojos negros y una gran sonrisa, la sonrisa de la niña que tenía en sus brazos su muñeca nueva, y corrió a regalárselo a su amada, y no encontró palabras para contar la historia, y se quedó mudo ante su serena belleza, pero ella pudo ver en su regalo la estampa de su alma, y le regaló un beso, una promesa, y un presagio.
Miguel Ferrer
27 Agosto 2008, 17:32
Mi querido Juan, cuando de amor hablamos el alma se trenza en desvarios,y en ellos se afirma la confianza ,de ese amor fuerte como el vino que llega a la cima y en esa cima,eternizas el amor con estas letras, tu alma, habla de forma clara, simple y hermosa.
Mi admiración y cariño siempre.
Vida
27 Agosto 2008, 22:10
Así como este escrito es tu corazón.Porque no se puede escribir algo así tan sublime sin haberlo sentido.
Gracias porque de promto me sentí una niña que recibía esa muñeca.
Felicitaciones!
28 Agosto 2008, 20:16
Gracias a ustedes por pasar,
y por no olvidar que somos
el niño que tenemos dentro,
no importa lo arrugados que
estemos por fuera! jajaaja
besos!