Ella subió al colectivo, en algún lugar cerca del centro de la ciudad. Un hombre de aspecto singular viajaba sentado solo en uno de los asientos dobles. Cabello largo, entre dorado y cano, y unos enormes ojos azules, rodeados de pequeñas arrugas que lo hacían ver más viejo de lo que era en realidad.

Ella se sentó a su lado. Llevaba en su mano un sobre de un laboratorio de diagnósticos por imágenes, seguramente con una ecografía dentro.

- Está embarazada- pensó él, admirando su bello cuerpo, su rostro joven, su aspecto saludable. - no hay mujer embarazada que no sea hermosa - la miraba de reojo y pensaba todas esas cosas. Imaginaba cómo le daría la noticia a su marido, la alegría de éste... por lo estilizado de su figura, el embarazo debía ser muy reciente... pero algo no encajaba en este cuadro: ella no tenía los ojos soñadores, ni la sonrisa suavizando su gesto duro...

La muchacha pensaba cómo se lo diría a su esposo. Casi se sentía culpable por lo que estaba pasando; no sabía si él sería capaz de soportarlo. Tenía una sensación de abandono, de soledad...

- ¿Vas a tener un bebé? - le preguntó el hombre señalando el sobre con el estudio.
Ella lo miró con los ojos secos, con una especie de cansancio de algo que recién empezaba, y le contestó:
- Tengo cáncer - y con un ligero temblor de su mano, le alargó el sobre. No sabía por qué hacía eso con un desconocido...

El no tocó el sobre. Acarició el vientre de la joven, apoyó apenas su mano sobre él, y cerró esos ojos como de agua de mar, y para ella fue como si de repente el sol se hubiera ocultado en medio de nubes de tormenta...

- Vas a tener un bebé - le aseguró. Y la miró muy hondo, la miró hasta el alma, y para ella el sol volvió a salir, y sintió en sus entrañas un acomodamiento, un fuego ácido que se extinguía lentamente, y una tibieza dulce que empezaba a circular por su sangre, un doble latido de corazones... un pulso adentro de su pulso, y tuvo la certeza de algo...

El hombre le pidió permiso para salir al pasillo y le avisó al chofer que se bajaba en la esquina.

Ella lo tomó de la manga de su abrigo largo y le dijo:
- ¿Qué me hiciste? - y sonrió con una expresión cómplice y los ojos húmedos.
- Te cambié la vida - le dijo él, y se bajó del colectivo.

La mujer se dio vuelta para verlo como si fuera él quien se alejara, haciéndose cada vez más pequeño, de pie en la vereda, y detrás de él, la "O" mayúscula de un cartel de neón le dibujaba un halo luminoso sobre su cabeza...


Miguel Ferrer - 4/11/05